A veces, me gusta que alguien me diga que todo va a salir bien

Todos necesitamos que en algún momento de nuestra vida alguien nos coja de la mano y nos diga que todo va a salir bien. Hay instantes así, esos donde la confianza en uno mismo no llega, esos donde una buena autoestima no garantiza el éxito, la resolución o el buen desenlace. Hay momentos puntuales en que nada es tan catártico compartir cargas, aligerar el peso de los miedos y la carcoma de las preocupaciones.

Se sabe, por ejemplo, que aquellos médicos que toman la mano de sus pacientes y les ofrecen mensajes positivos, cálidos y esperanzadores, logran reducir el miedo y la ansiedad en los enfermos. Asimismo, pocos calmantes son tan reconfortantes como ese padre o esa madre capaz de apagar las inquietudes de sus hijos, invitándolos a confiar, diciéndoles que todo va a salir bien.

Hay veces, y esto nos pasa a todos, en que el cerebro se nubla y aparecen las tinieblas mentales. Porque los pensamientos negativos tienen la mala costumbre de ser resistentes, de ser como el estaño que ensambla el negativismo con la pesadumbre, la incertidumbre con el caos.

 

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