En la era de las máquinas, no nos olvidemos de la emoción

Las emociones humanas, las pasiones, están recuperando su papel protagonista después de algunos años centrados en la capacidad de cálculo, aprendizaje y razonamiento de los robots.

La idea de que la inteligencia artificial va a superar a la humana parte de la errónea creencia de que nuestros cerebros son meras máquinas de razonar. Este es un error antiguo. El gran psicólogo de Harvard, Howard Gardner, lleva décadas demostrando que hay muchas más inteligencias que la lógico-matemática o la lingüística. Tendemos a confundir la inteligencia humana con el coeficiente intelectual, que es el equivalente psicológico a confundir las ramas con el bosque. Por otro lado, Daniel Goleman ya popularizó en 1995 todo el poder de la inteligencia emocional. Sabemos desde hace mucho que la empatía, la comprensión de las necesidades y pasiones propias y ajenas, es uno de los elementos sin los que apenas podríamos considerar inteligente a una persona.

Las emociones siempre han sido uno de los ejes del cerebro humano y esta verdad tan sencilla, que habíamos olvidado un poco, ha vuelto afortunadamente al centro de la escena de la mano de los gigantes de la digitalización. Al fin y al cabo, la inmensa mayoría de nuestras decisiones de consumo e inversión vienen más motivadas por la intuición y el apetito del momento que por sesudos cuadros de Excel. Por eso, las grandes tecnológicas están tan volcadas en el desarrollo de los programas que sepan identificar y reconocer nuestras emociones a través de los gestos de nuestras caras. El mercado para este tipo de programas informáticos podría despegar, con cifras de crecimiento enormes, hasta un 35 % en los próximos seis años. Estamos hablando de un sector cuyo valor ronda ya, según algunas estimaciones, los 20.000 millones de dólares.

 

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