En el año 2008, investigadores de la Escuela de Medicina de la Universidad de Tohoku, constataron un fenómeno similar en un contexto completamente diferente. Descubrieron que los hombres y las mujeres con ikigai vivían más, no solo tenían un menor riesgo de morir por problemas cardiovasculares sino también por causas externas. Un estudio posterior llevado a cabo en la Universidad Médica de Iwate en el que se les dio seguimiento a más de 73.000 personas durante cinco años, llegó a las mismas conclusiones.

Según esta filosofía, todos tenemos un ikigai, pero no todos lo descubrimos porque es necesario una búsqueda profunda que implica un viaje introspectivo de autodescubrimiento. No se trata de buscar la felicidad sino de encontrar lo que hacemos bien y nos apasiona

El objetivo último del ikigai no es la felicidad. La presión por ser felices y el escrutinio constante de nuestras reacciones emocionales suele generar el efecto opuesto y hacer que nos sintamos más insatisfechos y desgraciados.

El objetivo del ikigai es descubrir aquello en lo que somos realmente buenos, que nos reporta placer cuando lo realizamos y que puede aportar algo al mundo. Cuando encontramos nuestro lugar en el mundo y nos sentimos satisfechos, en vez de andar dando tumbos por la vida, la felicidad llega sola. De hecho, una persona puede sentir el ikigai incluso en los días más oscuros porque la adversidad no les arrebata esa profunda convicción ni su pasión.

Cuando encontramos ese propósito todo nos resulta más fácil y placentero, nos divertimos haciendo nuestro trabajo y nos sentimos útiles porque aportamos algo al mundo. Eso genera una agradable sensación de empoderamiento, además de eliminar gran parte del estrés.

Estas preguntas pueden ayudarnos a encontrar esa razón de ser:

¿Con qué te sientes realmente cómodo?

Hay personas que se sienten cómodas relacionándose con las demás, otras prefieren actividades más solitarias. Hay quienes aman el riesgo, a otras les da pavor. La idea es que encuentres eso con lo que te sientes cómodo, tan a gusto que te hace sentir que “has nacido para ello”.

¿Con qué actividades el tiempo pasa volando?

Responder a esta pregunta te permitirá entrar al “estado de flujo” al cual se refiere Mihaly Csikszentmihalyi. Se trata de buscar esa actividad en la que te sumerges por completo, en la que pierdes la noción del tiempo porque toda tu concentración está puesta en lo que estás haciendo. Y lo disfrutas.

¿Qué te resulta fácil hacer?

Todos tenemos habilidades diferentes, cosas que se nos dan mejor. Se trata de encontrar eso que te viene con facilidad, sin importar cuán intrascendente pueda parecerte en un primer momento. Todas las habilidades pueden encauzarse en actividades útiles que te reporten satisfacción.

¿Qué te gustaba cuando eras niño?

A medida que crecemos, nos distanciamos de las cosas que más nos gustaban y nos reportaban auténtica satisfacción para plegarnos al deber y la responsabilidad. Sin embargo, todos de niños teníamos “dones naturales”, cosas en las que éramos buenos y nos reportaban una enorme felicidad. Lo que ocurre es que muchos de esos talentos se silencian en la adultez. Para encontrar el ikigai, a veces solo hay que echar la vista atrás.

De la “revelación trascendental” a la práctica mundana:

En esa búsqueda debemos ser conscientes de que el ikigai no siempre es una “gran revelación interior” que nos motiva a cambiar radicalmente vida, también puede consistir en mirar con otros ojos nuestra realidad, encontrando en ella los motivos para sentirnos plenos. De hecho, para los japoneses las pequeñas alegrías cotidianas son las que nos llevan a nuestra meta final en la vida.

 

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