¡La esclavitud de la notas!

Se acercan las vacaciones, los regalos, la Navidad y… las notas. No tengo ninguna duda de que muchas familias utilizarán los resultados académicos de sus hijos como castigo o recompensa relacionada con los regalos que les traerá o Papá Noel o los Reyes Magos de Oriente.

De una manera u otra, todos caemos o hemos caído en la trampa. Nos hemos creído que las notas escolares significan algo, que nos cuentan cómo trabajan nuestros hijos, cómo son de inteligentes, cómo se comportan en clase y lo peor de todo, las hemos introyectado –se hacen propios rasgos, conductas u otros fragmentos del mundo que nos rodea– como el inequívoco predictor del éxito o el fracaso futuro. Nos enorgullecen, nos avergüenzan, nos preocupan, nos alertan, nos distancian, sobrevuelan sobre nuestros hogares con un poder casi absoluto. Poder que les hemos otorgado nosotros.

Tu hijo no se define por sus notas escolares y otros demonios de la crianza, hay que evaluar a un alumno, pero no se debe hacer como se hacía hace más de 200 años.

Es uno de los síntomas de una cultura amante de los resultados, no del proceso, olvidando por el camino que una nota solo es un número, subjetivo, puntual, encorsetado y muy limitado.

 

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