La respiración profunda: una forma sencilla de mejorar tu vida

La mayoría de nosotros respiramos rápido y de modo superficial, infrautilizando la capacidad de nuestros pulmones, que apenas se expanden. En un estado normal respiramos entre 17 o 18 veces por minuto. Sin embargo, cuando sufrimos ansiedad o estrés, el número de esa frecuencia respiratoria se dispara, pudiendo alcanzar incluso las 30 respiraciones. Es un riesgo. Es como vivir con una espada de Damocles sobre nuestra cabeza al generar un progresivo desequilibrio que afectará a nuestra presión arterial, a nuestro sistema inmunitario y a nuestros músculos e incluso a nuestra mente.

Respiración profunda, pero pausada

Hay un dato muy interesante que merece, al menos, una reflexión: la respiración es una de las pocas funciones corporales que hacemos tanto voluntaria como involuntariamente. Constituye una gran oportunidad de control sobre nuestro cuerpo, mejorando, si ejercemos este control de forma inteligente, en calidad de vida.

Cuando respiramos hondo, pero sobre todo con lentitud, conseguimos que el oxígeno llegue verdaderamente a las células y que no descienda el nivel de CO2 sanguíneo. A su vez, también se ha llegado a la conclusión de que el tipo de respiración que más nos beneficia es la respiración diafragmática: esa en la que cogemos aire en profundidad, dejando que entre por la nariz y llene completamente los pulmones, al elevar la parte baja de nuestro abdomen.

Beneficios de la respiración profunda

A todos, en algún momento de nuestra vida, nos han dicho aquello de «no pasa nada, respira hondo». Es como un sortilegio, como una palabra mágica que al instante de ser cumplida y llevada a cabo, nos genera un bienestar integral, un alivio casi inmediato con el cual calmar el cuerpo y reorganizar la mente. Dicha estrategia tendría muchos más beneficios si nos acostumbráramos a practicarla a diario, de manera que se convierta en una costumbre.

Estos serían algunos cambios que notaríamos:

  • Mejoraría el metabolismo celular de nuestro cuerpo.
  • Gestionaríamos mejor el estrés y la ansiedad.
  • Dormiríamos mejor.
  • Las digestiones serían menos pesadas.
  • Sentiríamos menos dolor muscular, menos cefaleas y migrañas.
  • Nos concentraríamos mejor en nuestras tareas.
  • Mejoraría nuestro eje postural y tendríamos menos dolores de espalda.
  • Aprenderíamos a estar más centrados en «el aquí y ahora».

 

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